sábado, 30 de julio de 2011

Una ducha de agua fría

El cuerpo de una guitarra tiene la misma forma que el cuerpo de una mujer. Y por eso tienes que aprender a acariciarla con suavidad, a amarla con el tacto, a demostrarle todo tu amor acariciando sus cuerdas y dejando que sus acordes entren en ti. Unas manos que saben amar a una guitarra, son capaces de todo.



En eso se debatía Ceres cuando entró al baño. Si una mujer se dejara tocar por ella tal como lo hacía su preciosa Adonis, todo sería distinto. Se miró al espejo y se sonrió. No, creo que por ahora nadie está por la labor de romper esa íntima relación entre mi guitarra y yo, que más que física es espiritual. Mientras entraba a la ducha pensaba en esas personas a las que había amado entre bambalinas. Descubrió la paz interior que existía en ella, ahora estaba tranquila. Ninguna presencia abrumaba la mente de Ceres, ahora se encuentra en un perfecto equilibrio que no quiere que se rompa. Bajo la cascada de agua fría se decía que en alguna noche embriagadora se dejaría llevar por las hormonas y la atracción física, como si de un juego se tratase. Pasar un buen rato. Pero… ¿enamorarse otra vez? Mejor dejar ese tema, ya que a su parecer, el amor es cosa de gente con suerte. Si no eres afortunado, no te enamores. Y ella no tiene suerte. 

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